CULTURA
5 November 2009
Hierba Alta - Historias de paz y sufrimiento en el norte de Uganda. Narración personal de un brutal enfrentamaiento que dura ya veinte años - Mundo Negro. 2009
 

Hierba Alta –así denominado por sus características de hierba de altura de un elefante, de la sabana boscosa del norte de Uganda–, es la narración personal de una brutal rebelión que dura ya veinte años, transferida ahora a las regiones vecinas: Sur del Sudán, DR Congo y República Central Africana. Esta guerra, sombría continuación de la batalla habida en Uganda por la unidad étnica, por lograr la armonía política, por conseguir un jefe aceptable a la mayoría, ha encendido, en palabras de Ryszard Kapucinski, otras muchas guerras en África: “…con ausencia de testigos, secretamente, en lugares remotos e inaccesibles, sin que el mundo se entere, o le preste la más mínima atención”. Y, según el noruego Jan Egeland, subsecretario de asuntos humanitarios de las Naciones Unidas: “En el norte de Uganda se vive la peor y más olvidada crisis humanitaria… peor que en Irak” “¿En que otra parte del mundo –continúa– han sido raptados 20.000 niños, obligados a convertirse en niños-soldados”. ¿En que otra parte del mundo ha sido desplazado el 90% de la población de grandes distritos?

El libro es la narración personal de Carlos Rodríguez Soto, un misionero comboniano y periodista, que ha vivido como Pastor en Uganda del Norte muchos años, y mediador con los rebeldes del LRA (Ejército de la Resistencia del Señor), acaudillados por un carismático y esquizofrénico del pueblo Acholi, de nombre Joseph Pony. El LRA lucha contra las tropas gubernamentales –el UPDF– en una guerra de guerrillas que incluye arrasar a fuego cabañas y propiedades de su propio pueblo, los Acholi, ante la menor sospecha de colaboración con las fuerzas del gobierno, y secuestrar niños a los que se fuerza a alistarse como soldados, y niñas como soldados y “mujeres” para oficiales del LRA. La iniciación de los críos es brutal, consistiendo ordinariamente en matar parientes o vecinos, o siendo lentamente mutilados hasta morir.

El pueblo Acholi, casi la total población, se vio forzada a habitar en campos de desplazamiento, por razones de seguridad y control del Gobierno, de modo que hacia finales de 2003, dos millones de hombres, mujeres y niños sobrevivían a base de comestibles de limosna, amontonados en escuálidas cabañas, alternativamente custodiados o maltratados por soldados del UPDF que a veces los miraban como sospechosos de colaborar con los rebeldes. La vida familiar y las costumbres tradicionales –tales como la separación de chicos y chicas, y padres e hijos a ciertas edades-, fueron gravemente corroídas; muchos hombres y jóvenes ya borrachos a media mañana, para enjugar su depresión, y las mujeres tratando valientemente de mantener intacta la vida familiar. En 2004 un Consorcio de las Organizaciones de la Ciudad Civil estimó en mil la cifra de muertos cada semana en esos campos, como resultado de violencia, suicidios –tema tabú entre los Acholi-, y las condiciones de vida verdaderamente pasmosas.

Muchas misiones diplomáticas de la capital, Kampala, a doscientos cincuenta kilómetros al sur, por razones políticas no quieren verse involucradas, y se limitan a poco más que conceder donativos. El Consejo de Seguridad de las NU también se mantiene a distancia, considerándolo un “asunto interno” de Uganda. Afortunadamente, los varios grupos de creyentes están unidos y fomentan la iniciativa da la paz. Así, lograron llamar la atención de los medios internacionales cuando el Arzobispo católico, John Baptist Odama, dos Obispos anglicanos, el jefe Khadi de la Comunidad musulmana y varios sacerdotes –Carlos incluido-, durmieron varias noches en medio de la ciudad de Gulu (en el parque de autobuses o en los pórticos de las tiendas), con 40.000 niños, “abonados nocturnos” a quienes el miedo acurruca cada noche.

Esta guerra cruel se ha cobrado ya un tremendo peaje. Un estudio dirigido por la londinense Escuela de Higiene y Medicina Tropical en junio de 2008, concluye que el norte de Uganda era el lugar del mundo con mayor incidencia de enfermedades mentales en una población desplazada.

 Carlos escribe también su personal batalla. Casi deportado, vivo tras el ataque con minas terrestres a su coche, tratando de capear el inenarrable sufrimiento pacientemente surgido a su alrededor, verdaderamente dura experiencia de aprendizaje. Este libro demuestra su determinación de recabar asistencia para los miles de desvalidos; mientras el resto del mundo sigue ajeno.

 

Para más información de la versión inglesa: sales@fountainpublishers.co.ug