15 May 2007
"Ébano" es la declaración de amor de Ryszard Kapuscinski al continente olvidado. Cuando alguien ha escrito páginas tan lúcidas sobre una realidad tan ignorada, lo mejor es leerlas, meditarlas y ahorrarse comentarios superfluos. Nos limitamos a citar algunos pasajes que hablan por sí mismos:
"Este continente es demasiado grande para describirlo. Es todo un océano, un planeta aparte, todo un cosmos heterogéneo y de una riqueza extraordinaria. Sólo por una convención reduccionista, por comodidad, decimos "África". En la realidad, salvo por el nombre geográfico, África no existe".
"(...) Nos encontramos en ese punto de la tierra en que la frondosa e incansable biología no para de trabajar: germina, brota y florece, y al mismo tiempo padece enfermedades, se desintegra, se carcome y se pudre".
"El mundo espiritual del africano (soy consciente que al usar este término simplifico mucho) es rico y complejo, y su vida interior está impregnada por una profunda religiosidad. El africano cree en la existencia simultánea de tres mundos, diferentes pero ligados entre sí.
El primero es el que lo rodea, es decir, la realidad visible y tangible que se compone de seres vivos, personas, animales y plantas, y de objetos muertos, como las piedras, el agua, el aire. El segundo es el mundo de los antepasados, de aquellos que han muerto antes que nosotros, pero que no parecen haber muerto del todo, no definitiva e irremediablemente. Al contrario, en un sentido metafísico, siguen vivos e, incluso, son capaces de participar en nuestra vida real, influir en ella y moldearla. Por eso el mantener buenas relaciones con los antepasados es una condición para tener una vida feliz y, a veces, incluso para conservarla. Finalmente, el tercer mundo es el reino de los espíritus, extraordinariamente rico; espíritus que llevan una existencia independiente pero que al mismo tiempo viven dentro de cada ser, cada realidad, cada sustancia y objeto, en todas las cosas y en todas las partes.
Está al frente de estos tres mundos el Ser Supremo, la Esencia Suprema, Dios. Por eso muchas inscripciones de los autobuses destilan principios trascendentales: "Dios está en todas partes", "Dios sabe lo que hace", "Dios es misterio". Pero también hay inscripciones más terrestres, más humanas: "Sonríe", "Dime que soy guapa", "Quien bien te quiere te hará llorar", etc."
"El problema de África consistía en la contradicción entre el hombre y el medio, entre la inmensidad del espacio africano (¡más de treinta millones de kilómetros cuadrados!) y el hombre, indefenso, descalzo y
pobre: su habitante. Se dirigiera la vista donde se dirigiese, todo estaba lejos, todo estaba desierto, deshabitado, infinito. Era necesario caminar cientos, miles de kilómetros para encontrar a otros seres humanos (no se puede decir: "a otro ser humano", porque en aquellas condiciones un hombre solo no podría sobrevivir)".
"Al circular por sus calles pronto me di cuenta de que estaba atrapado en las redes del "apartheid". Sobre todo, revivió en mí el problema del color de la piel. Era blanco. En Polonia, en Europa, jamás me había parado a pensar en ello. Allí, en África, el color se convertía en un indicador muy importante, y para gentes sencillas, único.
Blanco. El blanco, o sea colonialista, saqueador e invasor. He conquistado África, he conquistado Tanganica, pasé a cuchillo la tribu del que ahora está delante de mí, me cargué a todos sus antepasados.
Lo convertí en huérfano. Un huérfano, además, humillado e impotente.
Enfermo y eternamente hambriento. Sí, cuando ahora me está mirando debe de pensar: el blanco, el que me lo arrebató todo, el que descargó latigazos en la espalda de mi abuelo, el que violó a mi madre".
"El dicho polaco "invitado en casa, Dios en casa" aquí cobra un sentido auténticamente literal".
"¿La imagen de África que se ha forjado Europa? Hambre, niños-esqueletos, tierra tan seca que se resquebraja, chabolas llenando las ciudades, matanzas, el sida, muchedumbres de refugiados sin techo, sin ropa, sin medicinas, sin pan ni agua.
De modo que el mundo se apresura a socorrerla.
Igual que en el pasado, África es hoy contemplada como un objeto, como reflejo de una estrella diferente, terreno de actuaciones de colonizadores, mercaderes, misioneros, etnógrafos y toda clase de organizaciones caritativas (sólo en Etiopía su número supera los ochenta).
Sin embargo, más allá de todo esto, África existe para sí misma y dentro de sí misma, como un continente aparte, eterno y cerrado, tierra de bosques y plátanos, de campos de mandioca, pequeños e irregulares, de selva, del inmenso Sáhara, de ríos que van secándose lentamente, de florestas cada vez más ralas, de ciudades monstruosas y cada vez más enfermas; como una parte del mundo cargada con una especie de electricidad inquieta y violenta".
"África significa miles de situaciones. De lo más diversas, distintas, contradictorias, opuestas. Alguien dirá: "Allí hay guerra". Y tendrá razón. Otro dirá: "Allí hay paz", y también tendrá razón. Todo depende de dónde y cuándo".