León Tshilolo

León TshiloloLa depranocitosis y “la ley de Robin Hood”

León Tshilolo es el Director de Monkole, una entidad sanitaria que nació hace doce años, en la periferia de Kinshasa, en la República Democrática del Congo. En Monkole se atienden cada año 1.200 niños afectados con patologías graves, de los cuales el 40 % necesita cuidados intensivos.

-¿Cuales son las patologías más graves?

-Muchos niños mueren sin que sus padres conozcan los motivos y las terribles causas de sus males, como la depranocitosis. Cada año nacen en el Congo unos 200.000 niños afectados por esta enfermedad hereditaria, que provoca anemia crónica, infecciones y unos dolores atroces en los huesos.

¿Es incurable?

-No; pero necesita mucha atención médica, un diagnóstico precoz y unos cuidados constantes: el niño debe asumir el ácido fólico necesario para la producción de sangre. Además, hay que procurar que no contraiga infecciones, hay que protegerlo del calor excesivo y requiere frecuentes transfusiones de sangre, junto con unas vacunas específicas.

Si está bien atendido puede llevar una vida normal. En Monkole hemos creado una unidad pediátrica intensiva, y gracias a ella se ha reducido el porcentaje de la mortalidad infantil del 35% al 12%.

Aunque la terapia no es todo. También hay que luchar contra la superstición: en la cultura africana se considera una maldición que el primer hijo nazca enfermo, hasta el punto de que a veces se abandona al que nace con ese mal. Hemos puesto en marcha diversas iniciativas -programas de televisión, etc.-  para informar sobre esta enfermedad.

El problema más grave, sin duda, es la falta de recursos económicos. La mitad de la población del Congo vive con menos de un dólar al día y estos cuidados cuestan mucho. Por eso aplicamos la “ley de Robin Hood”.

¿En qué consiste esa “ley”?

Consiste en proponer a los pacientes de Monkole que cuentan con posibilidades económicas que ayuden a sufragar los gastos de los que no pueden. Pero son pocos todavía los que lo han hecho.

Usted se licenció en Medicina en la Universidad de Padua, en Italia, y tras especializarse en hematología y enfermedades tropicales en Anversa  decidió volver al Congo.

Sí; mis colegas pensaban que estaba loco, cuando podía realizar una carrera brillante en Europa, que es el sueño de cualquier médico africano. Pero cuando conocí Monkole, en 1994, tuve claro cual era mi objetivo: quería poner los conocimientos y la experiencia que había adquirido en Europa al servicio de mi gente.

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