Louise Lalou

Louise Lalou

Mis padres

Soy de Lodja, un pueblecito del  Kasai Oriental, en la República Democrática del Congo. Mis padres, siguiendo la costumbre, se casaron muy jóvenes, y formaron una familia muy unida y muy numerosa. Dios le dio doce hijos, de los que vivimos diez. Se esforzaron por educarnos con un profundo sentido cristiano según la fe protestante. “¡Eres la campanilla de la casa!”, me decía mi padre riéndose, porque nos levantábamos muy pronto para rezar, a las seis de la mañana, y yo, que era la primera que me despertaba, saltaba rápidamente de la cama y empezaba a decir a mis hermanos:

Entrevista a Louisa Lalou en el suplemento de ABC: “Desde pequeña supe que quería ayudar a que los niños no sufrieran”

¡Levantaos, levantaos, vamos, vamos!  ¡Que ya son las seis y es hora de rezar!

Mi madre, Marie-Josee,  es una mujer fuerte, una materfamilias, que educó a su numerosa prole entre aluviones de cariño. Ese cariño tomaba unas veces la forma de besos y abrazos; otras veces, la de riñas y reprimendas por jugar y alborotar donde y cuando no debíamos; y otras veces –ay- tomaba la forma de palmetadas certeras y velocísimos cachetes, que intentábamos esquivar sin demasiado éxito. Es decir, nos educó como todas las buenas madres del mundo.

Mi padre, André Dimandja, que tiene ahora 57 años, es un hombre recto y bueno. Al recordar aquellos años de mi infancia, me viene a la mente una imagen suya que tengo grabada a fuego en la memoria. En África las casas están apretujadas entre sí, y era frecuente que escucháramos llorar a los niños de las casas vecinas, que se habían quedado solos en casa porque sus madres debían trabajar fuera para mantener a la familia. Mi padre no soportaba aquellos llantos:

-¿No escucháis como llora? Vamos –nos decía-, distraedle un rato, hasta que se calme.

Y en cuanto advertía que a un vecino le faltaba esto o aquello:

-¿No veis que el pobre está solo? ¿Por qué no vais a ayudarle?

Ese es el recuerdo más intenso de mi infancia: el afán de mi padre por consolar y ayudar a los demás en todo momento. Era maestro y daba clases en la escuela local a los alumnos de sexto de primaria, y… pero antes de seguir adelante, me gustaría hacer una precisión: cuando un europeo piensa en una escuela suele imaginarse un gran edificio lleno de pupitres, libros y lápices de colores. La realidad africana no suele ser así.

La escuela de mi pueblo era muy elemental, y estaba bastante vacía y desprovista, como tantas de África; y había muchos niños que no podían asistir a clase, porque no tenían dinero para pagar la matrícula, aunque ésta sólo era una pequeña cantidad, tan pequeña que a los ojos de un europeo podría parecer ridícula. Cuando mi padre se enteraba de que había un niño en esta situación, hablaba con el director:

-Si la familia de ese niño no puede pagar –le decía-, no os preocupéis; que el niño venga a clase; yo le pago la matrícula: me quitáis esa cantidad de mi sueldo y ya está.

En la escuela

Nosotros, al ser hijos de un maestro, teníamos la gran suerte de poder asistir gratuitamente a la escuela. Eso suponía un gran alivio económico para una economía como la nuestra, tan modesta que sólo nos permitía comprarnos algo de ropa nueva para fin de Año.

Mis padres hacían todo tipo de equilibrios para sacarnos adelante. Mi madre, por ejemplo, aprendió a elaborar un licor tradicional, hecho con maíz, con lo que se sacaba algún dinero para mantenernos en las cuestiones esenciales, que eran muy pocas. Los zapatos, por ejemplo, no entraban dentro de las cuestiones esenciales y por eso yo, al igual que mis hermanos y tantos niños de mi pueblo, iba descalza a la escuela. A mis padres les daba pena vernos así, pero éramos muchos en casa, y el sueldo de mi padre y los licores de mi madre no daban para más.

No hay mal que por bien no venga, dice un refrán castellano. Gracias a esa falta de calzado fui adquiriendo una gran habilidad para saltar de sombra en sombra, porque en África el sol recalienta la tierra a lo largo del día hasta convertirla en un horno ardiente.

Aprendí, en mis caminos de ida y vuelta a la escuela, a correr rápidamente, dando grandes saltos, desde la sombra del tejado de casa hasta la sombra del árbol más cercano; allí me detenía un rat¡to, hasta que se refrescaban las plantas de mis pies, casi chamuscadas y doloridas, y acto seguido me lanzaba, dando saltos, hacia la sombra siguiente. Así, dando grandes saltos, llegaba hasta la escuela, con la sensación del que camina sobre brasas…

La leche y el pan tampoco entraban dentro de las cuestiones esenciales: durante muchos años fueron para nosotros unos artículos de lujo, al alcance sólo de la gente rica, riquísima. Con gran esfuerzo, mi madre nos daba a veces un plátano para desayunar… cuando tenía dinero para comprarlo. Ahora pienso que si hubiéramos permanecido en la santa ignorancia, aquel ayuno hubiera sido menos duro para nosotros; lo malo es que luego, en clase, con el estómago vacío, el profesor nos hablaba –como materia de estudio- del pan y de la leche, productos que me parecían tan maravillosos como inalcanzables y lejanos.

Idas y venidas

Otra realidad maravillosa y lejana era la Escuela Secundaria. En nuestro pueblo no había y la de la ciudad, era alcanzable, pero estaba a siete kilómetros; siete kilómetros que comencé a recorrer cada día, en cuanto acabé la Primaria: siete kilómetros de ida y otros siete de vuelta, a través de la selva.

En Europa la selva es una especie de paraíso con pájaros y monos simpáticos, que la mayoría conoce sólo gracias al celuloide. Mi selva era mucho más real y concreta: tan real como los cementerios que se alojan en ella –porque se ponen siempre lejos de los poblados- a los que acuden toda clase de serpientes y bichos que merodean junto a las tumbas; y tan concreta como los leones que la pueblan; unos leones en libertad, no de zoológico, que me producían un pavor inmenso.

Cada viaje era una aventura. Mi padre me acompañaba hasta el lugar donde comenzaba la selva y allí me unía a un grupo de chicos que iban a mi misma escuela. Lo malo es que algunos días no iban, y entonces, mi padre tenía que acompañarme en el recorrido y volverse…

Fueron unos años muy duros: me levantaba y me ponía a caminar, con el estómago vacío, aquellos siete kilómetros, que recorría temblando de miedo. Luego asistía a las clases. Al terminar, otros siete kilómetros; y tras la comida en casa –bastante elemental- tenía que ponerme a estudiar.

Acabé desfallecida, como es lógico y no rendía en mis estudios. Muchas de mis amigas –las pocas del pueblo que habían decidido estudiar Secundaria-  los dejaron, porque aquello las superaba.

El descubrimiento

Durante esas idas y venidas conocía a una chica, Colette Mpaka, de la que me hice muy amiga. Colette iba a un colegio católico, y un día me lo enseñó. Allí descubrí un tipo humano desconocido para mí hasta aquel momento: una monja católica, sor Jeanne Aliamutu.

Cuando mi amiga me la presentó, Sor Jeanne no podía creerse que yo, que parecía mucho más pequeña de lo que era en realidad, hubiera terminado la Enseñanza Primaria. Y me hizo una prueba: me trajo unos Evangelios en francés y me pidió que los leyera. Lo abrió al azar. Eran las Bienaventuranzas. Yo comencé a leer, ante su asombro:

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados…

A pesar de sus dudas iniciales hacia mí, aquella monja y aquel colegio me gustaron mucho. Más exactamente: muchísimo. Tanto, que en muy poco tiempo me planteé hacerme católica. Cuando lo hablé de mis planes, mi padre me dio la respuesta propia de un hombre de Dios, atento siempre a las mociones del Espíritu Santo:

-Si Dios te llama por ese camino, yo no quiero ser un obstáculo.

Asistí a la catequesis y me bauticé a los catorce años. Mi padre estaba muy contento.

Me dejó también que me fuera a vivir a aquel colegio, donde pude residir gracias a una beca. Allí pasé una etapa felicísima de mi vida. Podía estudiar con más facilidad y además los domingos cantaba en el coro de la parroquia, con otras cuatro amigas, que eran como yo, hijas de maestros; en su caso, de maestros católicos.

Así llegué hasta tercer curso de la Secundaria avanzando de forma algo desordenada en mis estudios, porque los años académicos iban variando según los caprichos del dictador del país: tan pronto se cerraba la Escuela, como se abría; y según las conveniencias políticas comenzaban las clases o se acababan.

Gracias a Dios, el párroco de la iglesia donde cantábamos nos animó mucho a las cinco chicas del coro a continuar con nuestros estudios y nos propuso que estudiáramos, mediante una beca que él nos proporcionaría a las cuatro chicas, en un internado católico que estaba en otra zona del país, tan alejada que se tardaban tres días en tren para llegar allí.

En aquel tiempo no era fácil conseguir el permiso de las familias para que los padres dejasen a sus hijas ir al internado. Ahora tampoco lo es, pero se han superado muchos prejuicios. Muchos padres ponían dificultades para que sus hijas estudiaran, porque pensaban que a una mujer  le bastaba con aprender a coser y a limpiar la casa. Pero mi padre me dijo:

-Si ese internado te va a servir para tu mejorar formación, estoy de acuerdo.

El párroco, como he dicho, nos lo pagó todo de su bolsillo: el viaje y el uniforme del internado; las tres faldas, las tres blusas y las servilletas.

En el internado descubrí otro mundo; no sólo porque muchas de mis compañeras fueran de otro ámbito social –muchas procedían de familias ricas y adineradas- sino porque todo era diverso para mí: el clima, seco y frío; las costumbres; las comidas… Tan diferente era todo que de las cuatro chicas que fuimos, hubo dos que no lograron adaptarse y se volvieron al pueblo.

Prácticas de medicina

Allí terminé el Bachillerato y cuando el profesor nos preguntó que pensábamos estudiar después, le contesté, resuelta:

-Médica.

Esto no era nada nuevo. Había soñado dedicarme a la Medicina desde niña; y ya de pequeña, mientras mi amigas se dedicaban a otros juegos, yo me dedicaba a cazar sapos, a diseccionarlos y a analizar las vísceras. Mis amigas me miraban horrorizadas:

-Pero Louise, ¿qué estás haciendo?

Y yo les contestaba, toda sería:

-Prácticas de cirugía. ¡Voy a ser médica!

El problema, de nuevo, era el dinero. “¡Médica! –exclamó el profesor-. Pero, ¿cómo te vas a costear los estudios?”

Es la misma pregunta que me hizo mi padre cuando le conté mis proyectos.

-“¿Médica? ¿Te das cuenta, hija mía, de lo que cuesta eso, si sólo para pagarte el avión para viajar hasta allí se necesita un dineral?

De todas formas, me dejó en libertad y como siempre, me animó a buscar soluciones.

Siempre he pensado que querer es poder en la mayoría de las ocasiones. Lo importante es tener determinación y voluntad; estar dispuesto a afrontar cualquier sacrificio con tal de conseguir el ideal que te has propuesto. Hablé con diversas personas; entre otras con el obispo de la diócesis, Mons. Mambe Mukanga, que me  miró también con gesto de asombro, mientras exclamaba:

-¡Medicina! ¡Quieres estudiar nada menos que Medicina!

A continuación fue a su escritorio y se puso a escribir, de su puño y letra, una carta para un amigo suyo que era el Secretario General de la Universidad de Kinshasa. Cerró el sobre y me lo entregó, diciéndome:

-Esta es una carta para el Secretario General. Le pido que te ayude en lo que pueda. Pero, por favor, no te olvides, ¡dásela en mano! Y el avión, ¿tienes dinero para pagar el billete?

-Pues… no.

-¡Ah! No tienes dinero para el billete… Bueno, pues no te preocupes: te lo pago yo. ¿Y donde vas a vivir en Kinshasa? ¿Tienes familia en Kinshasa?

La matrícula en la Universidad de Kinshasa

Afortunadamente, en lo que se refiere a familia yo era particularmente rica: mis padres tenían muchos hermanos, primos, sobrinos, parientes y contraparientes, más o menos lejanos, que vivían en diversas partes del país. En Kinshasa, en concreto, vivían dos tías mías,  hermanas de mi madre.

Llegué a Kinshasa. Mis tías y mis primos me recibieron con asombro: el hecho de estudiar en la universidad era algo novedoso, y más que fuera una mujer la que lo hiciera. Era la primera persona de toda la familia que se lo proponía.

El problema es que ninguno de ellos hablaba francés y no sabían siquiera por dónde quedaba la universidad. Al final logramos aclararnos. Estaba bastante lejos de la casa. Fui para allá con una de mis tías. Preguntamos por el Rectorado. Yo iba rezando a la Virgen, pidiéndole que me ayudara a lograr mi objetivo de entregarle en mano la carta al Secretario. Algo que todos decían que era bastante difícil. Afortunadamente el secretario era de mi misma región y cuando preguntamos por él, su secretaria personal supuso que yo era hermana suya, y me dejó pasar al despacho.

-¡Estupendo! ¡Muy bien! –dijo el Secretario, tras leer la carta. Puedes empezar a estudiar cuando quieras. Yo me encargo de resolver la cuestión de la matrícula.

Otras cuestiones

El problema era que la matricula era sólo una de las cuestiones. Había volado a Kinshasa, estaba en casa de mis tías y ya estaba matriculada en la Universidad, pero me quedaban por resolver algunos pequeños detalles, como la comida, los libros… y el transporte, porque la casa de mi tía estaba a diez kilómetros de la Universidad.

El detalle de los libros lo solucioné pidiéndoselos prestados a algunos de mis amigos. Me los dejaban y como tenía poco tiempo para estudiarlos, los devoraba literalmente, mientras hacía unos esquemas que me sirvieran para repasar luego los temas. Al principio a mis amigos les costaba prestármelos, pero luego lo hacían con mucho gusto, porque yo les dejaba mis esquemas, que les resultaban muy útiles para estudiar.

El detalle de la comida lo resolví como pude; en ocasiones, no comiendo. Y el del transporte, haciéndome aquellos diez kilómetros a pie. Total, eran sólo tres kilómetros más de los siete a los que ya estaba acostumbrada…

Mi plan era el siguiente: me levantaba a las cuatro y media de la mañana y me ponía en camino –sin comer, naturalmente- hacia la universidad,     que estaba en lo alto de una montaña. Tenía que llegar lo suficientemente pronto para reservar sitio en primeras filas del aula, que era  inmensa, con capacidad para mil estudiantes. Las clases duraban desde las ocho de la mañana hasta las  seis de la tarde. A esa hora me volvía andando a casa de mi tía, salvo cuando algunas amigas me pagaban el billete del autobús. En alguna ocasión me pagaron el abono de todo un mes.

Me desmayé en clase en tres ocasiones, a causa del hambre y del cansancio. Afortunadamente el Secretario, cuando se enteró, ordenó que me dejaran un sitio libre en la primera fila, lo que me permitía dormir un poquito más.

Durante el segundo curso me pude trasladar, gracias a las gestiones de una amiga mía, a una Residencia Universitaria. Allí viví bastante de prestado: una me prestaba algo de comida, otra algo de ropa, y otra jabón o artículos elementales… y así fui tirando durante aquellos años, en los que hice todo tipo de trabajos para mantenerme: vendía pan, cocinaba para mis compañeras, hacía recados… No era fácil compatibilizar esos trabajos con los estudios tan exigentes de la Facultad, pero querer es poder y afortunadamente, obtuve buenas calificaciones.

En ese tiempo conocí el Opus Dei. Una mujer de la Obra había organizado unas charlas de vida cristiana en la Universidad y me invitaron. Descubrí un panorama nuevo para mí, como la santificación del trabajo y de la vida cotidiana. Aquel espíritu de santidad en medio del mundo me entusiasmó y decidí ser cooperadora.

En los grandes hospitales

Al terminar la carrera, en el 2001, los médicos recién licenciados de mi país hacemos el programa de Residencia en los grandes hospitales públicos, superando unos exámenes bastante duros, que se hacen de una forma un tanto singular: se sortea un número de la habitación de un paciente del hospital, y según el número que te toca en suerte (o en desgracia) vas a una habitación -por ejemplo, la 813-  visitas al enfermo, le preguntas, lo auscultas, le haces la historia clínica, etc.,  y a continuación te presentas ante un tribunal, abierto al público, que empieza a asaetearte  a preguntas:

-¿Y por qué piensa que padece esa enfermedad y no  ésta otra?
-¿Y por qué le ha prescrito ese tratamiento y no éste…?
-¿Cuál es la fisiopatología de esa enfermedad?

Mientras caía la bola del sorteo con el número de la habitación yo esperaba un momentito antes de cogerla, para terminar de rezar mi oración a la Virgen. Es una oración muy sencilla, que había compuesto años atrás. Dice así: “Santa Virgen María, ayúdame como ayudaste a tu Hijo desde su nacimiento hasta su muerte en la Cruz y la Resurrección”.

La rezaba con todo mi corazón, con toda mi alma, poniéndome enteramente en manos de la Virgen, diciéndola palabra por palabra, con toda calma. A veces, con excesiva calma, y el profesor que daba las bolas se impacientaba conmigo:

-Pero, doctora, ¿a qué está esperando?

Sentí siempre la protección maternal de la Virgen. Gracias a su ayuda, siempre me tocaron enfermos con enfermedades que conocía bien y que sabía diagnosticar. Ella me ayudó y me sigue ayudando.

El Jefe de Servicio de aquel Hospital tenía un hospital privado, y me propuso que trabajara con él. Me di cuenta entonces de la influencia que había tenido el espíritu del Opus Dei en mi vida. Gracias a formación que había recibido en el centro de la Obra me esmeraba en trabajar bien, con orden, con sentido de responsabilidad, viendo en cada paciente no un “caso” o un número más, sino una persona a la que debía tratar con toda dignidad.

Ahora

Se ha abierto un nuevo periodo en mi vida. Mi trabajo me permite ayudar a mi familia, que ha pasado por diversas pruebas durante todo este tiempo. Mis padres y mis hermanos tuvieron que abandonar el pueblo, a causa de la guerra, pero uno de mis hermanos se quedó, porque estaba casado allí, y le mataron.

Desde que comencé a trabajar puedo ayudar a mi familia, y estoy costeando los estudios de mis seis hermanos pequeños. Hemos hecho un trato: yo les ayudo económicamente, pero ellos se comprometen a estudiar intensamente y poner todos los medios para llegar a la universidad, porque como ya he dicho, querer es poder en la mayoría de las ocasiones. Además, he acogido en casa  a dos primos, hijos de mis tías de Kinshasa, que ya murieron, y a las que les prometí que me ocuparía de ellos.

En el 2004 estuve en Madrid, participando en un Seminario Avanzado que organizaba el Instituto Nacional de Sanidad Carlos III. No sabía entonces que en ese hospital había estado san Josemaría, a quien debo tanto, atendiendo enfermos tuberculosos durante los difíciles años treinta, cuando la tuberculosis equivalía en muchas ocasiones a una condena a muerte.

Ahora estoy de nuevo en Madrid, gracias a una beca de la Agencia Española de Cooperación Internacional, realizando un master en Salud Pública y acabando los cursos de doctorado en Epidemiología, con estudios directamente relacionados con las enfermedades más frecuentes en mi país.

Aquí procuro ayudar todo lo que puedo, y colaboro en ong´s, como Harambee, que nació con motivo de la canonización de san Josemaría y que ayuda a tantas iniciativas de africanos que quieren construir una nueva África.

Aunque sigo atravesando dificultades económicas, porque tengo una familia muy grande que sacar adelante, procuro ayudar en todo lo que está al alcance de mi mano, siguiendo el ejemplo de mis padres. Mi padre es ahora pastor protestante evangelista. Y le doy muchas gracias a Dios por haberme dado la fortaleza y tenacidad necesaria en los momentos duros y difíciles de mi vida.

Estoy convencida de que Él, por intercesión de la Virgen, me ha ido poniendo al lado a esas personas que han sido tan decisivas para mí: desde mi amiga del colegio y las religiosas, gracias a las cuales soy católica, hasta el párroco, el obispo y las mujeres del Opus Dei que me ayudan a santificar mi trabajo como médico. ¡Sin olvidar a aquella secretaria que tuvo la confusión providencial de pensar que yo era la hermana del Secretario! Le doy gracias a Dios por todo, especialmente por las personas que me han ayudado. Gracias a ellos, ahora puedo también yo ayudar a los demás.

Descarga la entrevista del periódico ABC a Louise

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