Manuel Lago

Manuel Lago, 40 años en África. Impulsor de desarrollo

Manuel Lago es uno de los protagonistas del libro “Cuando sale la luna África danza” del Premio Planeta. Jose Luis Olaizola, al que describe como un africano de piel blanca, ingeniero naval, que pasó de hacer barcos en un astillero de Bilbao a promover labores sociales en Costa de Marfil, donde lleva cerca de 40 años.

Con otros amigos, europeos y africanos, ha impulsado dispensarios, hospitales, escuelas, centros de formación profesional y hasta una universidad, la “Université des Lagunes” con una escuela de negocios “MDE Business School”. “Dar formación ética a los universitarios y a los hombres de negocios, nos dice, es la única forma de acabar con la corrupción, que es el mayor cáncer de África”.

Ahora su principal interés es salvar vidas: Después de crear el hospital de atención sanitaria “Walé” en Yamasoukro, un poblachón que es la capital oficial de Costa de Márfil, ha impulsado otro en Toumbokro, un pueblo en medio de la selva, a 49 kms del dispensario más próximo.

“En la mayoría de las aldeas no hay dispensarios y la mortalidad ligada a los partos, de las madres y de los bebés, es muy elevada. La falta de médicos y de medios de transporte para ir hasta un dispensario, les condena a una muerte prematura. En Toumbokro, desde la apertura del dispensario, que dispone además de una ambulancia, donada por Manos Unidas, la situación ha cambiado enormemente”. No puede darnos estadísticas oficiales, “al principio las mujeres eran reacias a venir al dispensario a ver al médico o a dar a luz; es un problema general cuando los pacientes no disponen de recursos: tienen la impresión de que ir al médico siempre cuesta dinero. En Toumbokro han podido comprobar que las tarifas son muy reducidas y que un buen seguimiento de las consultas prenatales y un parto realizado en buenas condiciones mejora radicalmente la situación sanitaria de las madres y de los hijos”.

El día que estuvimos allí había cantidad de mamás con sus bebés: unos porque estaban enfermos; la mayoría para vacunarlos; y un buen grupo para recibir clases de higiene y nutrición. Poco antes de nuestra llegada nacieron dos niños, que pudimos ver ya lavaditos y arropados, uno en brazos de su mamá y otro en brazos de su abuela. La alegría era general. Para nosotros, una sorpresa: los niños africanos, los “angelitos negros”, cuando nacen son blancos y rosados.

Su preocupación es conseguir los recursos necesarios para mantenerlo, para pagar a los médicos y las enfermeras y para agrandarlo porque ya se les ha quedado pequeño. En las fotos le vemos posando delante del dispensario de Toumbokro con el gerente y la directora del mismo y con mujeres que ese día han acudido al médico, la mayoría con sus hijos pequeños.

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